La imagen de Alejandro Magno que heredó la posteridad no es, fundamentalmente, la del conquistador histórico, sino la de un héroe de leyenda forjado en la intersección de la historia y la ficción. El núcleo de esta mitificación se encuentra en la obra atribuida al Pseudo Calístenes, escrita en el siglo III d.C., unos quinientos años después de la muerte del macedonio. Este texto, conocido como el Romance de Alejandro, alejó la narrativa de la sobriedad historiográfica para adentrarse en un mundo de maravillas, viajes fantásticos y encuentros con criaturas míticas. Así, Alejandro dejó de ser solo un rey para convertirse en un símbolo de la ambición humana que busca trascender sus propios límites.
La difusión del mito en el Occidente latino durante la Edad Media fue posible gracias a las traducciones y adaptaciones de la obra griega original. Un hito fundamental fue la labor del arcipreste León de Nápoles en el siglo X, quien tradujo una versión bizantina al latín bajo el título Nativitas et victoria Alexandri Magni regis. Esta versión dio origen a las redacciones interpoladas conocidas como Historia de preliis (J1, J2, J3), las cuales sirvieron de base para grandes monumentos literarios europeos como la Alexandreis de Gualtero de Chatillon y el Libro de Alexandre en castellano. A través de estos mosaicos textuales, la Edad Media reinterpretó la vida del héroe bajo sus propios códigos morales y religiosos.
Uno de los rasgos más distintivos del romance es la alteración de la paternidad de Alejandro, sugiriendo que su verdadero progenitor fue el faraón y mago egipcio Nectanebo II. Según la leyenda, Nectanebo huyó de Egipto disfrazado de profeta y, mediante artes mágicas, sedujo a la reina Olimpíade bajo la apariencia del dios Amón. Este origen divino y egipcio no solo legitimaba el dominio de Alejandro sobre el valle del Nilo, sino que imbuía al héroe de un aura mística y predestinada desde su nacimiento. Para la mentalidad medieval, estos prodigios, como los terremotos y señales celestes durante su parto, asimilaban la figura del conquistador a un plano casi sagrado.
A diferencia de los historiadores clásicos, las versiones medievales enfatizan la curiosidad insaciable de Alejandro, llevándolo a explorar lo prohibido. El héroe no solo conquista tierras, sino que desciende a las profundidades del mar en una bola de cristal y asciende a los cielos en un carro tirado por grifos. En el Libro de Alexandre castellano, estos viajes son vistos como una manifestación de su soberbia o hybris, pues el "lunático" rey intenta escudriñar los secretos de la creación que Dios ha reservado para sí. Esta audacia exploradora se convierte en el pecado que justifica su caída prematura, marcando el límite entre lo humano y lo divino.
La Edad Media cristiana transformó al aventurero pagano en un espejo de príncipes, un modelo de caballero ejemplar imbuido de virtudes cristianas. Autores como Plutarco ya lo habían perfilado como un "filósofo de la acción", pero los clérigos medievales lo elevaron a un instrumento de la Providencia divina. Se establecieron incluso paralelismos tipológicos entre Alejandro y Cristo; por ejemplo, el sueño donde Alejandro pisa una uva para tomar Tiro fue interpretado iconográficamente como una prefiguración de Cristo pisando el lagar. Así, el héroe pagano fue salvado del olvido al ser integrado en la historia de la salvación como un eslabón necesario para la expansión de la cultura y la fe.
La leyenda de Alejandro no fue exclusiva de Europa, sino que funcionó como un puente cultural que unió a griegos, judíos, árabes y persas. En el mundo persa, el Šāhnāme de Ferdowsī incorporó a Alejandro dentro de las dinastías locales, presentándolo como hermano de Darío III y rey legítimo de Irán. Por otro lado, la tradición judía lo describe postrándose ante el Sumo Sacerdote Jado en Jerusalén y reconociendo al Dios único, basándose en profecías del libro de Daniel. Esta polifonía de versiones demuestra cómo cada cultura adaptó la figura de Alejandro para reflejar sus propias aspiraciones políticas e identitarias.
El final de la vida de Alejandro en Babilonia es el episodio donde la moralización clerical medieval alcanza su punto máximo. Mientras que las fuentes antiguas sugieren el envenenamiento por intrigas políticas, textos como la Alexandreis imaginan a la Naturaleza irritada descendiendo al Infierno para planear su muerte junto a Lucifer. En el Libro de Alexandre, es el propio Dios quien decide truncar la carrera del héroe para frenar su audacia infinita. La muerte temprana se convierte así en una lección moral sobre la vanidad de la gloria mundana (vanitas) y el destino inevitable de todo mortal, sin importar cuán grande sea su imperio.
La metamorfosis de Alejandro Magno, de general macedonio a héroe de romance, revela que la potencia del mito suele eclipsar la precisión de la historia cuando una figura encarna los anhelos universales de una época. El Alejandro del Medievo es un personaje contradictorio: es el caballero ideal y el tirano soberbio; el hijo de un mago y el instrumento de Dios. Esta ambigüedad es precisamente lo que permitió que su leyenda sobreviviera, pues funcionaba como un recipiente moldeable donde cada civilización depositó sus propios valores y temores. En última instancia, el Alejandro de los textos medievales no es solo un recordatorio de las conquistas pasadas, sino una reflexión profunda sobre los límites de la condición humana y la inevitable finitud de la gloria terrenal ante los designios divinos.

