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miércoles, 30 de mayo de 2012

Los Curetes frigios

 Rhea y los Curetes con el niño Zeus (grabado del siglo XVIII)

Un batallón armado, que los griegos
Llaman Curetas frigios, retozando
Con pesadas cadenas se sacuden:
Y bailan al compás, y alegres miran
La sangre que les corre, y agitando
Con furor los terríficos penachos
De sus cabezas, traen a la memoria                          
Los Curetas dicteos, que ocultaron
En Creta aquel vagido, según dicen,
De Jove un tiempo, mientras que giraban
En leve danza, armados los infantes
En torno al niño, y a compás herían
El bronce estrepitoso por el miedo
De que Saturno no le devorase
Con su diente cruel, y eternamente
Hiriese el tierno pecho de la madre:
Por eso la acompaña gente armada;                           
Cual si quisiera predicar la Diosa (Rhea o Cibeles)
Que con las armas y el valor defiendan
Los hombres a su patria, y sean a un tiempo
El amparo y la gloria de sus padres.

Lucrecio. De la naturaleza de las cosas, II, 633 y siguientes.
Traducción en verso de José Marchena (1768-1821).

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El ciclo vital

Pieter Brueghel el Viejo: La siega

Todos nosotros hemos nacido de una semilla venida del cielo; el Éter es nuestro padre común; la Tierra, nuestra madre nutricia, recibe de él las gotas de la lluvia fecundante y da a luz así a las cosechas brillantes, los árboles vigorosos y la raza de los hombres, así como todas las especies salvajes, ya que ella les ofrece los bienes con los cuales se alimentan, llevan una vida dulce y propagan su especie: ¿no merece, pues, el nombre de madre que ha recibido? Y el ciclo se invierte; todo lo que ha salido de la tierra vuelve a la tierra y todo lo que ha bajado de las regiones del éter vuelve al cielo y se hace recibir allí.

Lucrecio. De la naturaleza de las cosas, II, 900 y ss.

viernes, 28 de octubre de 2011

El padre Éter fecunda a la madre Tierra

Jakob Philipp Hackert: Paisaje con ganado cerca de un río

He aquí que las lluvias que el padre Éter lanza al seno de la madre Tierra perecen; pero entonces nace el resplandeciente grano y las ramas de los árboles se vuelven verdes y los mismos árboles crecen grandes y se cargan de frutos; y por lo tanto la raza del hombre y todas las bestias salvajes son alimentadas a su vez; las alegres ciudades prosperan con niños y niñas; y los bosques frondosos se hacen eco de nuevos pájaros; el ganado, gordo y soñoliento, asienta su corpulencia en los jubilosos pastos mientras que las gotas de blanco cieno chorrean de las distendidas ubres; los jóvenes corretean con sus débiles articulaciones entre las hierbas tiernas, frescos los corazones embriagados por la nueva y cálida leche.

Lucrecio. De la naturaleza de las cosas, I, 250 y ss.